Testimonios. El Parto de Lula

Serena llegó un día tibio de abril, hacia principios del otoño en Buenos Aires. Esa mañana me desperté ya lista para recibirla….algo dentro mío me decía que mi beba estaba cerquita. Limpié la casa con mucha ilusión…quería para su nacimiento un lugar bello, cálido, luminoso, un nidito que la contuviera y la recibiera amorosamente en su primer instante de vida fuera de mi panza. Recuerdo que había mucho sol en el patio, recuerdo colores y luces, me recuerdo planchando su ropita sobre la mesa del comedor mientras escuchaba música y miraba el verde de nuestras plantas a través de las ventanas. Fue un día mágico, pleno y en paz dentro mío. Con Diego teníamos todo listo ya. Yo había transitado cuatro meses de trabajo intenso con Raquel Schallman a través de su Abordaje Corporal Emotivo. Tuve la preciosa posibilidad de vivir el embarazo intensamente, de conectarme, de tender un puente hacia mi bebé desde mucho antes, con la certeza de que ese camino me daría la confianza necesaria para elegir el parto más hermoso posible. Yo fui el bebé, fui la mamá y la niña, fui todos mis matices y mis miedos y mis deseos. Sandra seguía de cerca mi embarazo con inmenso cuidado y amor.

Con tiempo para conversar acerca de sensaciones del alma que excedían el mero control médico. Diego me había acompañado en mi decisión de que la beba naciera en casa con mucha valentía. Asistió a charlas y encuentros donde el parto a través de las palabras de Raquel se transformó en lo más natural del mundo. Nunca dudamos, más allá de preguntas y miedos lógicos, que llegarías a este mundo en libertad, junto a papá y mamá, en casa, junto con Raquel Schallman y Sandra la Porta, dos parteras hermosas que acompañaron el día más importante de nuestras vidas. Tu nacimiento.A eso de las cuatro de la tarde, mientras planchaba tus últimas ropitas, sentí un dolor intenso en el bajo vientre. Y al ratito otro. Muy intenso. No tuve ninguna duda…el trabajo de parto había comenzado. En esos meses de trabajo con Raquel el parto había sido hablado, imaginado, llorado, explorado ,jugado, vivido. Para mi se había transformado en un hecho tan natural como comer. No era un misterio, no era un tabú, no era un mero trámite ajeno a mi que estaba por suceder. Yo tenía plena confianza, sabía lo que estaba por llegar, me sentía totalmente protagonista y parte. Ese parto sería mío, mío y de Serena. Los demás acompañarían amorosamente. Pero sólo nosotras dos juntas y con el poder que me dio el camino transitado, íbamos a vivir esta experiencia vital.

Terminé de planchar despacio, aún sabiendo que estaba comenzando el trabajo de parto. Guardé todo. Entonces los dolores se hicieron más seguidos. Recordando los consejos llené la bañadera de agua tibia y me metí adentro, mientras intentaba posiciones que orgánicamente surgían para aliviar un poco el dolor. Me sentí feliz, gigante, dueña de lo que llegaba…sabía dónde estaba, podía palpar en el alma el aroma divino de tus ganas de nacer. Tranquilamente llamé a Diego para no alarmarlo. Para él era un día más de trabajo. Yo venía ya diciendo que Serena nacería ese día. La noche anterior había estado mi familia en casa, y él y los demás opinaban que faltaba más tiempo. Yo en cambio sentía que ibas a nacer el mismo día que me habían dado de fecha probable: el 26 de abril. Diego me dijo que venía para casa enseguida. Yo le dije que sólo estuviera alerta, que recién era el comienzo, que yo le avisaría….menos mal que él no me hizo caso. Sin decirme salió del trabajo para casa. Para cuando él estaba a mitad de viaje (había pasado solo media hora) yo estaba con contracciones seguidas e intensas. Super intensas. Serena quería nacer con urgencia y ahí estaba yo, en el agua, moviéndome, dejándome llevar. Esto fue lo más importante de la experiencia que hice con Raquel: DEJARSE LLEVAR. No pensar nada, no poner la cabeza, permitir que aflore nuestra mujer animal, nuestro instinto. De mi salían sonidos que jamás había escuchado. Cuando Diego llegó yo flotaba en un mar de sensaciones, gritos ,llanto, vida, cuerpo, piel. El pudo guardar la calma (en las charlas insistían que el hombre jugaría el papel de la “cabeza”, el marco seguro para que la mujer pudiera irse, perderse, en ese parto) Aunque por dentro estaba nervioso y emocionado, por fuera iba y venía preciso. Me preguntaba por la duración de las contracciones, anotaba en una libreta que todavía conservamos, mientras a la vez armaba rápidamente la pileta de parto que nos había prestado Raquel, un lugar inflable y circular donde pudiera moverme más libremente, Pasé de un lugar al otro en una pequeña pausa entre contracción y contracción. Los espacios eran casi nulos. Diego me hablaba con dulzura y yo sentía que el mundo éramos nosotros dos y nadie más. El trabajo de parto fue una vorágine que empezó de golpe y nunca paró. Cada parto es distinto. En mi caso fue corto e intenso. En medio del agua, desnuda y exhausta, me desplazaba de un lugar a otro. Moverme me aliviaba, el agua tibia me relajaba. Cuando las contracciones alcanzaron el ritmo y duración que nos habían enseñado para dar aviso a las parteras, Diego llamó. Sandra llegó primero. Estaba en calma, se acercó a mi y me habló despacito. Para mi fue una bendición su llegada. Para entonces el dolor era fuerte, y las contracciones tan seguidas que no me daban respiro. Recuerdo sus palabras con nitidez ( y todavía hoy, cada vez que Serena atraviesa algún dolor, se las digo) :” El dolor es como las olas del mar: suben, crecen, rompen y se van…suben, crecen, rompen y se van…” Es cierto que muchas veces me quedaba pegada al dolor. Ella con sus palabras susurradas me ayudaba a respirar y a descansar cuando la contracción se iba. A volver a mi y descansar. Sólo una vez salí del agua y también atravesé distintas posiciones con el cuerpo sobre el sillón. Pero el agua me gustaba más y volví. Mientras Diego hacía un esfuerzo enorme: me echaba agua caliente en la espalda y el sacro en medio del dolor para aliviarme, y cuando el dolor se iba, sacaba baldes de agua para que la pileta no rebalsara. Yo escuchaba su voces en medio de la marea en la que estaba inmersa. Su amor hizo todo mucho más hermoso. Yo sabía que él estaba ahí y eso me hacía fuerte. La casa estaba divina. Ya iba atardeciendo y Diego prendía velitas y aromas por los rincones, y eligió una música preciosa de Coltrane que fue perfecta para el momento. Más tarde llegó Raquel. Yo tenía mi frente apoyada en el borde inflable de la piscina. Escuché su voz y para mi fue como si llegara la Gran Madre. Todo lo que nos había enseñado, estaba ahí, vivo, palpable. En medio de las sensaciones fortísimas yo escuchaba los ecos lejanos de su voz: la del momento y las que había oído tantas veces en los encuentros…no exagero cuando digo que no había miedos. Sí dolor. Pero nada era incierto. Mi cuerpo dibujaba en el espacio un camino mil veces imaginado. Podía desdoblarme y mirarme como en un espejo, verme mujer y madre. Y el dolor era intenso pero dulce, el necesario para que dar a luz sea vivido con toda la potencia de nuestro ser. Muchas veces me desbordó, sentí que no iba a poder seguir. Pero no. La fuerza de la vida se abría paso y yo no podía más que entregarme a ella. De eso se trataba. De sentir, de sentir, de estar despiertas y activas ante la maravilla de dar vida, con todos nuestros sentidos a disposición. En un momento Diego se metió dentro del agua conmigo. Se sentó detrás y yo me recosté. Fue el único momento en el que pude mirar hacia fuera, salir un poco de mi. Lo que vino después, es difícil explicarlo. Un vendaval, un torbellino de fuerzas al unísono, mi cuerpo como fuego, con la potencia de un huracán. Aparecieron las ganas de pujar, y no pude más que hacerme parte de esa fuerza arrolladora que me empujaba hacia la tierra. Me sentí salvaje, loba, animal, poderosa. Yo era mi cuerpo, savia, sangre, fuego, instinto. Jamás podré olvidarme de esa fuerza bestial empujando la vida, de esos sonidos que salieron de las cavernas de mi ser. El cuerpo solo hablaba sin que yo tuviera decisión alguna. Pujé, pujé con todas las fuerzas de mi ser. Dije que quería ir al baño y ellas supieron que el parto estaba ya muy cerca. Me senté en el baño y me apoyé sobre Raquel con una fuerza descomunal mientras seguía pujando. Después volví al agua. No sé si pasó mucho tiempo o no. Yo sabía que ellas estaban ahí. Eran una presencia cálida a mi alrededor. Sin embargo apenas las vislumbraba. Sus pasos eran lentos y cuidadosos. Sus voces bajitas y justas. Cuidaban mis espaldas con certeza pero sin atropello. Simplemente asistían con respeto lo que iba a suceder más allá de nuestras voluntades, acompañando amorosamente la naturaleza de las cosas. Creo que Diego salió al patio a tomar un poco de aire. Raquel me invitó a salir del agua y caminar. Sabiamente habían hecho un camino de toallas desde la piscina de parto hacia nuestra habitación. Al final del caminito, me esperaba el banquito de parto, una especie de “herradura” de madera para sentarse. Podría haber optado por la cama, o por volver al agua. Ese es otro punto importante de un parto en libertad…no decidir de antemano, escuchar momento a momento lo que nos hace bien, lo que instintivamente elegimos para parir. ELEGIR.¿Quién mejor que nosotras puede saber qué es lo mejor? No lo dudé y me senté. Estaba justo delante de nuestra cama. Raquel se arrodilló delante de mí. Podía ver a Sandra tranquila a un costado. Diego estaba al lado también, y Raquel le dijo que se sentara en el banquito mío. Y así, yo sentada, Raquel arrodillada en el piso, Sandra contemplando el momento que llegaba y Diego abrazándome la espalda, llegó Serena. En el tercer pujo salió como despedida! Raquel la recibió y al instante la puso encima mío. Esa imagen la tengo grabada a fuego en mi memoria: el cuerpito de Serena de espaldas con el cordón mientras Raquel me la acercaba apenas nacida. Eran las 23.23 de la noche. Yo la envolví con una toalla calientita. Diego me abrazaba. Al minuto expulsé a la placenta sin problemas.(al día siguiente la plantamos en nuestro jardín) Con mucha calma me paré y me acosté en la cama. Sandra me revisó un poquito. Casi no hizo falta tocarme. Apenas un desgarrito menor y sin importancia. Cuando el cordón dejó solito de latir, Diego lo cortó. Empezabas a respirar despacito por tus propios medios sin arrebatos .Entre todos conversábamos sobre lo apenas vivido con naturalidad. Sandra y Raquel se sentaron al lado de mi cama mientras Diego nos traía empanadas para comer. Hacía segundos que Serena había nacido. Raquel la miró. Nadie la sacó de encima mío, ni le puso gotas, ni la pesó ,ni la estiró, ni le puso sondas. Lo único que mi beba necesitaba una vez que nació y vimos que estaba bien, es dormir sobre mi piel, las dos desnudas como una leona y su cría. Piel con piel, olores y tibieza. Enseguida Sandra me ayudó a ponerla en mi pecho para que apareciera el reflejo de succión. Tomó un poquito, y se durmió. Habría tiempo todavía para que comiera. En ese momento todo lo que necesitaba era descansar y estar cerca de mi cuerpo y de mi voz y mi calor. Y así sucedió. Ellas se fueron y nos quedamos los tres solitos en casa, en el mismo lugar donde vivimos y donde acababa de suceder el parto. En silencio, con luces bajitas, mamá, papá y nadie más. La familia podría verla al otro día…o al otro…ahora era vital para ella acercarse despacito al mundo, sin voces extrañas, sin ruidos ajenos, sin sobresaltos…

Mi cuerpo estaba pleno, extenuado pero vivo, vivo como nunca antes lo sentí en mi vida. Y nuestra beba dormida, sana, Serena.

 

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